Familias tóxicas y lealtades patológicas

Muchas familias arrastran, generación tras generación, creencias, tradiciones y formas de vida capaces de ahogar a sus miembros. Son las lealtades familiares patológicas; formas rígidas e inflexibles de entender las relaciones, tanto dentro de la familia como con el entorno. Con quién hay que relacionarse, cómo deben ser las relaciones con la familia, qué hay que hacer en la vida, cómo hay que comportarse en determinadas situaciones, cómo sentirse, etc., son ejemplos que, como psicólogos, encontramos en consulta.

Pacientes atrapados por la culpa o por la amenaza del ostracismo, bajo una lealtad familiar obligada pero invisible, nunca expresada, pero siempre presente. Es lo sabido pero nunca hablado. Pacientes que sufren o no se atreven a moverse con libertad, a los que se les exige respeto injustificado y en donde es más importante la lealtad, la tradición y las normas que el propio bienestar personal.

Familias tóxicas

¿En qué consisten las lealtades familiares?

En general, para entender las lealtades familiares tenemos que comprender el sentido y la necesidad de pertenencia a la familia. Biológicamente y psicológicamente necesitamos, desde nuestro nacimiento, pertenecer a un grupo, a una familia. Lo contrario, significa la desprotección, el aislamiento, la soledad o la muerte en un sentido biológico. Nuestro sentimiento de pertenencia es la clave de la supervivencia.

Esto implica la necesidad de lealtades con nuestro grupo de origen, con nuestra familia, si queremos seguir perteneciendo. Dichas lealtades familiares son habitualmente aceptadas, automáticas, invisibles, inconscientes, se internalizan como esquemas mentales creando un sentimiento de deuda de los hijos hacia sus mayores. De hecho, mantener lealtades con la familia es sano, necesario, en la medida en que fortalece nuestro sentido de pertenencia, fortaleza y seguridad personal. Pero, al mismo tiempo, conlleva una deuda que, en algunos casos, se convierte en patológica cuando las normas, lealtades o mandatos son intransigentes, extremas, provienen de traumas, tradiciones, secretos o conflictos pasados, y ahogan el sentimiento de espontaneidad y libertad. En este caso, nos encontramos con las llamadas ‘familias tóxicas‘.

Lealtades patológicas y familias tóxicas

Como hemos indicado, existen familias que arrastran, generación tras generación, conflictos, secretos o tradiciones y costumbres fuertemente cerradas. Son ejemplos de ello, la ley del silencio ante determinados problemas personales, el secretismo de lo gravemente sucedido, de lo ocurrido anteriormente pero nunca hablado, o la presión por la cohesión familiar, incluso ante problemas graves entre algunos miembros (la familia es lo primero). Es frecuente, por ejemplo, que en estos entornos se imponga el silencio a la víctima de un abuso sexual por parte de algún abuelo, primo, tío o padre. O que se ignore o encubra el maltrato psicológico o físico de un padre sobre un hijo o hija, o de un esposo sobre su esposa, de un hermano sobre otro, etc., impidiendo la comunicación o cualquier acción en este sentido. Ante todo está la familia.

Estas son lealtades patológicas, que derivan en un clima familiar tóxico, de familias tóxicas.

Muchas de estas lealtades patológicas encubren traumas transgeneracionales. Alguien mató a alguien de la familia, hubo un asesinato o ejecución, una infidelidad de la bisabuela, un hijo ilegítimo, un padre que abandonó a la familia por otra mujer, un aborto secreto, alguien se quedó con una herencia o un tío que estaba loco, entre muchas posibles. Dichos traumas son habitualmente encubiertos por una ley del silencio, cuya presión es heredada por los descendientes que, sin saber lo ocurrido, perpetúan la tensión latente y la obligación del silencio, de no contar, de no preguntar, de no saber pero intuir, de la cohesión obligada en el silencio.

En otras ocasiones, estas lealtades familiares patológicas provienen sencillamente de sistemas familiares con costumbres antiguas, cerradas, muy tradicionales, obsoletas hoy en día, pero que se siguen manteniendo en reductos en donde no puede discutirse su validez. Desgraciadamente, en nuestra consulta de psicólogos, encontramos pacientes con dificultad, por ejemplo, para divorciarse cuando su vida es un infierno, para dedicarse laboralmente a un trabajo distinto al de la tradición familiar, para marcharse de casa e independizarse, o para vivir con costumbres, vida personal o religiosa decidida por uno mismo para sí y para sus hijos.

Problemas familiares

El conflicto de lealtades

Obviamente, mantener una lealtad rígida a unas normas familiares suele conllevar un conflicto con las normas y lealtades de otras familias. Es el caso, por ejemplo, de la pareja, ambos procedentes de familias con normas y obligaciones diferentes, que chocan entre sí y que acaban friccionando a sus miembros. O el de la educación de los hijos, herederos en ocasiones de tradiciones distintas y encontradas de sus padres, a través de la influencia de los abuelos. También nos lo encontramos con las amistades u otros grupos de pertenencia.

Sin embargo, lo más habitual, es el conflicto entre las lealtades a uno mismo, entre lo que se desea o se quiere hacer en la vida, y la influencia y las presiones contrarias de la familia, amigos o grupos a los que pertenecemos. Determinados problemas psicológicos y dificultades para vivir y ser felices provienen de una lealtad inconsciente a la familia, al padre o a la madre u otros (‘¿Cómo voy a ser feliz si mis padres no lo fueron?’, ‘Si mi madre ha vivido deprimida, yo no puedo estar bien’). En este sentido, ser feliz significa una deslealtad, una traición. Por eso muchas personas viven con culpa su propio bienestar personal

Las familias tóxicas conllevan lealtades patológicas

En cada generación familiar suele existir una figura que perpetúa las lealtades, las tradiciones, o costumbres, a la que se admira, se teme o respeta ciegamente; la tía, la abuela, un padre o tío. Son los encargados por el sistema familiar de mantener el orden; es un encargo que inconscientemente recogen, perpetúan lo recibido y se preocupan de que el sistema familiar no cambie, que siga cohesionado, que las órdenes, lealtades y deudas no se alteren. En ocasiones, incluso, la influencia proviene de un difunto, de un familiar que tuvo un fuerte peso e influencia en el sistema familiar y que, aún después de muerto, sigue presente influyendo en las lealtades de los miembros de la familia. Es la ‘lealtad fantasma’.

En otras ocasiones, como hemos indicado, existen traumas y sufrimientos anteriores, cuyas consecuencias emocionales se ‘pegan’, se pasan, de generación en generación afectando a sus miembros hasta el punto en que existen familias tristes que transmiten y exigen la tristeza como forma de lealtad, habiéndose perdido el sentido y recuerdo original del trauma que la generó.

Romper dichas lealtades cuando estamos en una familia tóxica, con un sistema de comunicación cerrado y patológico, supone entre otras consecuencias, además del sentimiento de culpa, el miedo, la crítica, la presión, o la exclusión del sistema familiar. Por eso cuesta tanto el abandono de estas obligaciones, por eso muchas personas prefieren sacrificar sus vidas antes que salir de las órdenes y mandatos del sistema familiar. Como hemos indicado, son familias que impiden la evolución natural, la salud psicológica, el crecimiento y espontaneidad de sus miembros.

¿Cómo dañan las familias tóxicas con las lealtades patológicas? 

Las consecuencias más negativas de las lealtades familiares patológicas, se suelen poner de manifiesto en la vivencia personal del conflicto, entre lo que se quiere y se siente que se debe hacer, en los problemas y enfrentamientos de pareja, o en las discrepancias con los grupos a los que pertenecemos, como se ha indicado. También puede ocurrir que, aún viviendo bajo normas y tradiciones restrictivas, muchas personas las asuman como naturales, encontrándonos en estos casos con personas con vidas limitadas, tristes, resignadas, pero sin ningún planteamiento de cambio. Han sido educadas en la aceptación y obediencia más absolutas. Son habituales las hijas o hijos que nunca salen del entorno familiar, frecuentemente del entorno materno, que no llegan a independizarse. Son leales a la obligación, a la lealtad no expresada abiertamente, de no crecer, de ‘no abandonar nunca a la madre o al padre’, de no tener nunca una vida propia.

Obviamente, esta toxicidad en las relaciones familiares, estas familias tóxicas, esta limitación de la espontaneidad personal en la vida, del crecimiento, deja huellas psicológicas patológicas, esencialmente en forma de ansiedad, depresión, apatía, problemas de sueño, o vacío emocional. Igualmente observamos una pérdida final de relaciones y vínculos importantes, como son la pareja, determinadas amistades o grupos de pertenencia.

¿Cómo salir de las familias tóxicas?

Es muy fácil decir que hay que salir de las obligaciones y lealtades familiares patológicas, huir de una familia tóxica. Sin embargo, es difícil; lo vemos diariamente como psicólogos en Madrid en muchos pacientes. Romper esta estructura de lealtad puede significar el ostracismo familiar, la crítica, la presión, el rechazo o la expulsión simbólica del entorno. Sin embargo, lo peor de todo es el sentimiento de culpa que inevitablemente conlleva la sensación de estar haciendo mal las cosas, de ser ingratos o malas personas.

No obstante, si queremos salir de la presión de una familia tóxica, del malestar y recuperar nuestra felicidad y libertad, no queda más remedio que evadir los mandatos familiares, las lealtades patológicas. No hay más remedio que desarrollar una deslealtad que nos haga felices, en vez de buscar la felicidad en la lealtad a los infelices. Lo más desaconsejable, es la ruptura brusca y agresiva, el enfrentamiento directo, en la medida en que acrecienta la culpa y conlleva peores consecuencias en la relación. No se trata de romper, se trata de cambiar el estilo de vinculación. El diálogo, en la medida de lo posible, con los representantes familiares (padres, abuelos, tíos, etc) es el camino más razonable, y aunque el éxito no está asegurado, por lo menos el conflicto siempre será menor. Aún así, en ocasiones no habrá más remedio que la ruptura; no siempre los sistemas familiares cerrados, las familias tóxicas, aceptan diálogos abiertos.

A pesar de todo, si el miedo, las resistencias y bloqueos son grandes, se sienten insuperables, es necesaria la ayuda de una psicoterapia individual, terapia de pareja o, incluso, de una terapia familia, según las circunstancias de cada caso. No siempre es posible salir con facilidad de las lealtades que impone una familia tóxica.

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José de Sola
DE SALUD PSICÓLOGOSPsicólogos en Madrid / Psicólogos en Málaga

Publicado en Medicina y salud, Pareja y familias, Psicología y salud.