¿Por qué no puedo dejar de darle vueltas a todo? Seguro que alguna vez te ha pasado. Te dedicas a repasar mentalmente todo lo que has dicho o hecho, lo que podrías haber dicho, lo que la otra persona quiso decir o en si hiciste algo mal. Tratas de encontrar una solución, luego otra, y otra, pero ninguna te convence. Y cuando empiezas, no puedes parar, hasta te puede quitar el sueño o no poder concentrarte en otras cosas.
Cuando damos vueltas a las cosas fundamentalmente lo hacemos para aclararnos, para tomar una decisión, para prevenir un problema o para sentirnos seguros. La cuestión es que cuando le damos tantas vueltas, volvemos una y otra vez al mismo punto sin llegar a ninguna solución: ¿Y si me he equivocado?, ¿Por qué me dijo eso?, ¿Cómo debería haber actuado?, ¿Lo hice bien?. Como sabes, es un no parar.
El problema es que solemos tratar de tranquilizarnos pensando. Buscamos todas las posibilidades, repasamos conversaciones, reconstruimos lo que pasó, imaginamos lo que podría haber ocurrido si hubiéramos dicho o hecho algo distinto. Nos quedamos algo más tranquilos, pero, al cabo de un momento nos sentimos de nuevo inquietos y volvemos a empezar
De esta manera, pensar deja de ser una forma de resolver el problema y se convierte en el propio problema.

Manifestaciones más frecuentes de darle vueltas a todo
No todo el mundo es igual. Algunas personas tienen más tendencia a quedarse atrapadas por el pasado, mientras que otras se pasan el día preocupadas por el futuro. Entre las manifestaciones más frecuentes podemos destacar:
- Repasar conversaciones una y otra vez, intentando averiguar si dijimos algo inadecuado o qué quiso decir realmente la otra persona.
- Analizar cada decisión que se ha tomado, incluso aquellas que tienen poca importancia.
- Repasar continuamente escenarios futuros, especialmente aquellos en los que algo puede salir mal.
- Tener total seguridad antes de actuar, esperando encontrar una decisión correcta.
- Pedir opinión o tranquilidad a otras personas para comprobar si estamos interpretando correctamente una situación.
- Buscar constantemente en Internet o hablar con la IA sobre aquello que nos preocupa.
- Ensayar mentalmente conversaciones futuras, intentando encontrar las palabras adecuadas y evitar equivocarnos.
- Llenarse de rabia recordando una situación en la que no nos pudimos defender o no dijimos lo que debíamos decir.
- Volver sobre decisiones ya tomadas, preguntándonos si realmente fueron las correctas.
Todas estas conductas tienen en común el reducir la incertidumbre y encontrar tranquilidad. Pero esa búsqueda de tranquilidad nunca acaba, y cuanto más se insiste, es peor. El problema se hace mayor.
Consecuencias de darle vueltas a todo
Una de las peores consecuencias de darle vueltas a todo suele ser la fatiga mental. La persona siente que su cabeza no puede detenerse, incluso cuando aparentemente está descansando o tratando de dormir. Cuanto más nos metemos en lo que nos preocupa, más importante parece. Esto hace que se incremente la dificultad para tomar decisiones. Y, paradójicamente, cuanto más intentamos llegar a una solución, más alejados estamos de alcanzarla. Cada opción genera nuevas preguntas, y cada respuesta puede producir una nueva duda.
Como psicólogos hemos observado en estos casos que, el darle vueltas a todo, puede interferir en el sueño, en la concentración, en el trabajo o en las relaciones personales. Podemos estar físicamente en un lugar y permanecer mentalmente atrapados en otro, o estar con una persona e imaginarnos hablando con otra.
Cómo dejar de darle vueltas a todo
Dado que, como hemos visto, la solución intentada es parte del problema, lo ideal sería poder parar esta actividad mental. El problema es que tratar de no pensar implica estar más pendiente de lo que queremos evitar pensar, con lo cual así nunca se consigue.
Como psicólogos hemos comprobado que un tratamiento adecuado no se basaría en enseñar a la persona a pensar menos o a no pensar. El objetivo es identificar qué hace esa persona para resolver sus dudas, preocupaciones o pensamientos y cómo esas soluciones terminan manteniendo y aumentando el problema. Y dado que el mecanismo central que lo sostiene es la creencia de que las preocupaciones se resolverán pensando, es este mecanismo el que hay que romper para evitar este bucle de rumiaciones. Como evitar pensar llevará a pensar más, lo ideal es prescribir precisamente el pensar intensamente y revivir intencionadamente las preocupaciones en las que se piensa. Puede parecer paradójico, sin embargo, haciéndolo de una forma pautada y dirigida por el terapeuta, la finalidad es romper la espontaneidad de estos síntomas.
Si a una persona que no puede dejar de darle vueltas a todo, le pedimos que pare y que no lo siga haciendo dado que no soluciona nada, no lo lograremos. Pero si le pedimos que, al contrario, se dedique todos los días, de una forma pautada y estructurada por su psicólogo, a darle vueltas a lo que le preocupa, dejará de hacerlo en la medida que se producirá un agotamiento natural que tenderá a la desaparición de la solución intentada fallida.
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